martes, 3 de mayo de 2016

8 PM

Me aparto, me escondo en conversaciones insensatas. Dejo todo en una mesa pegajosa, hago como que te escucho. No entiendo absolutamente nada de lo que dices o dicen. Alguien ofrece mas whisky, a eso si le pongo atención, me cae bien por un par de minutos. Quiero salir de aquí pero me quedo. Alguien en la mesa dice cosas graciosas que todos celebran, me rio o al menos intento la mueca.

Y ahí estabas, pasaste con tus zapatillitas gastadas entre carcajadas de bufón como si nadie pudiera verte. Llegaste directo a la barra por un coctail que nada tiene que ver con tu apariencia, pero en tus manos definitivamente parece veneno de coral.

Puedo manejar borracho y lo hago, me distriago facilmente con el vestido nocturno de los lugares que dejo atrás. Estaciono en el parque mas concurrido que encuentro y entre payasos drogones de plaza y nanas aburridas con niños ajenos concerto la cita.
Espero diez, quince y media hora; me bajo del auto a respirar y en dos minutos la paranoia me obliga a subir de vuelta. Por fin llegas, no levanto la vista, saludo casual, no somos amigos… puedo volver.

Mis cosas siguen donde mismo, nadie noto mi ausencia –al menos eso creo- y me parece bien, nada intresante aún. Me arde el bolsillo, voy al baño.
Debo esperar, tarareo Psico Killer que suena de fondo y me parece una epifanía, acaricio mi bolsillo y me calmo, cierro los ojos, apoyo la frente contra la puerta… estoy adentro.

Nunca quise que mi vida se convirtiera en un coro de Lou Reed, eso simplemente pasó.





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